El viento en los oídos hace casi imposible entender nada, pero te encanta sentirlo. Un viento fresco, salado, y todo se mueve, y tienes que agarrarte al estay con las dos manos para no caerte. El suelo baila bajo tus pies, y pequeñas gotitas de agua de mar salpican tu cara. El sol calienta la mitad derecha de tu cuerpo: es mediodía.
Abre los ojos. El mar se extiende ante ti, perlado por millones de puntos de luz y trazos intermitentes de espuma blanca. El rumor del motor del barco se oye a tu espalda, y sabes que hay alguien al timón y que todo va bien. El barco lleva un firme rumbo hacia el horizonte, balanceándose una cuarta a babor y otra a estribor, como si lo hubiera hecho toda la vida, y tú estás de pie en la proa, agarrada al estay para no caerte, disfrutando del balanceo y maravillándote de los colores del agua y de qué cerca se ven las rocas del fondo cuando miras hacia abajo.
De vez en cuando una juguetona ola inoportuna da un pequeño zarandeo al barco, pero ya te has acostumbrado a ello. Al fin y al cabo, esto es el mar, azotado por los vientos, las corrientes. Estás a merced de los elementos, que por pura casualidad hoy se encuentran apacibles y te permiten graciosamente navegar y disfrutar. El viento agita tu falda y se desliza entre tus piernas.
Te sueltas del estay y te das la vuelta para caminar despacio, con cuidado, hacia la popa, donde tu chico te mira sonriente. Das dos pasitos por la cubierta bamboleante, alargas la mano para cogerte del obenque tembloroso por la tensión, y es entonces cuando el barco tiembla de nuevo, y el mar se vuelve cielo, el cielo se vuelve mar, tu mano no logra agarrarse a nada, y todo se convierte en una fría oscuridad. Una súbita manta helada te envuelve ¿qué ha pasado?
Consigues sacar la cabeza del agua. Te has caído y estás nadando. Por un momento luchas por mantenerte a flote en las frías aguas que se remueven en todas direcciones. Sí, flotas, pero sólo ves horizonte, cielo y nubes. ¿Dónde está el barco? Nadas con tus manos en círculo, y lo ves detrás de ti, su casco pintado de colores (¡qué grande es visto desde aquí! ¡y qué sucio por debajo!) y sobre él, tu chico con la boca muy abierta, mirándote y luchando por desatar un objeto del pasamanos… ah, es un salvavidas anaranjado, que te lanza como un frisbee. Entonces recuerdas que él nunca fue muy bueno lanzando frisbees, y el salvavidas en forma de donut naranjito gira en el aire, hace una graciosa curva a un lado… y cae a varios metros de ti. Demonios. Nadas con cierta urgencia hacia él, rogando mentalmente que tu chico recuerde el procedimiento de maniobra de emergencia para rescatar a un hombre al agua.
Llegas al salvavidas en quince brazadas, escupiendo agua salada en cada una. No eres Gemma Mengual. Al menos ya no está tan fría, piensas mientras te aferras al donut de plástico naranja con letras negras pintadas, aunque ciertamente el mar está mucho más fresco que en la playa. Ahora, al dejar de patalear y dar brazadas, recobras la respiración (¡el corazón te late como un loco!) y descubres que has perdido un zapato. Poco te importa. Piensas en el fondo, donde ahora estará tu zapato, sabes que no hay mucha profundidad aquí y que si te esforzaras y bucearas un poco quizás podrías hasta verlo entre las rocas y las algas: pero ahora sólo quieres fijar tu mirada en el velero, que se ha alejado ya cincuenta metros de ti, demasiado, en tu opinión, y tu chico en cubierta desesperadamente largando escotas y girando el timón a una banda, y las enormes velas flameando caóticas al viento, intentando girar el barco en tu dirección lo antes posible. Vamos, nene, piensas, que me estoy helando aquí.
Desesperadamente lento, el barco va virando en tu dirección. Te asustas un poco al recordar que el mayor peligro en el mar es lo extremadamente difícil que resulta divisar a un náufrago entre las olas, el reflejo del sol, la espuma… tiemblas al pensar que tu chico, a pesar de estar ahí al lado maniobrando el barco, podría no verte, podría pasar a tu lado y no enterarse. Así que, cada vez que él mira en tu dirección, aullas y agitas las manos. Respiras alivada cuando él responde agitando la mano. Ya pone proa hacia ti, lento, pero seguro. En unos segundos estará a tu lado. Sólo flota, tranquila, agárrate al salvavidas, flota.
Una ola te salpica desde una dirección inesperada y te hace entrar agua en los ojos. Te frotas para quitarte la sal, escuece un poco. Cuando los abres, el casco (¡qué enorme se ve desde aquí!) se acerca un poco más a ti. ¿Cómo me voy a subir? Piensas, pero de momento tu único afán es llegar a él. Nadas un poco en su dirección, hasta que la gigantesca y bamboleante masa de fibra de vidrio chapotea a tu lado, y das dos brazadas y apoyas tu palma en el casco. Has llegado. Tu chico te pregunta, alarmado, si estás bien, mientras te lanza un cabo para que te agarres. Está loco si piensa que puedo subirme a bordo así, no tengo fuerza en los brazos, piensas.
Tu chico sí que tiene (la adrenalina hace milagros), y una fuerza sobrehumana te saca del agua y te deposita sobre la cubierta, empapada, helada, temblorosa, sin un zapato, pero sana y salva.
miércoles, 30 de julio de 2008
Cerró los ojos y se concentró en sus sensaciones... (5)
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Rojo
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Cerró los ojos y se concentró en sus sensaciones... (4)
Dick cerró los ojos y se concentró en sus sensaciones. Error. Equivocación. Oh, Dios, no es posible que yo haya hecho esto. Tengo que volver atrás. El pulso le latía en las sienes. Tengo que decirles que no, que no voy a hacerlo. Abrió los ojos.
El pequeño cubículo en el que se hallaba flotando en 0-G tenía fardos, paquetes, atados a todas las paredes, arriba, abajo, derecha, izquierda, detrás, cables por todas partes. El único sitio donde no había paquetes ni bolsas ni nada era la puerta de comunicación, donde lucía una pequeña lámpara que le daba al lugar una luz mortecina. El sitio era agobiante. No podría pasar ni una hora más ahí dentro. Y sin embargo, lo había prometido. Se había comprometido. Se había comprometido, hacía menos de media hora, a llevar a cabo la tarea más terrible jamás encomendada a un ser humano. Y todo aquello en su interior que le hacía humano le decía: “no” “diles que no quieres” “aun estás a tiempo” “no puedes, no puedes” “coge los malditos auriculares y diles que te has echado atrás”.
Dick se miró las manos, estaban pálidas. El corazón le latía rápido. No podía. Pero tenía que hacerlo.
Recordó las conversaciones de los últimos días, como en un sueño, como en una película. Había revisado los cálculos, nadie sabía aún cómo se habían hecho mal, pero el caso es que la telemetría desde la Tierra no dejaba lugar a dudas. Habían salido de Marte hacía cuatro meses en lo que iba a ser un apacible vuelo de regreso, pero pronto se vio claro que la trayectoria no era la correcta. Dick podía sentir el nudo en el estómago al recalcular la nueva trayectoria, al darse cuenta de la inevitable conclusión. Con la masa actual de la nave, a la velocidad con la que salieron, iban a tardar un mes y medio más de lo previsto en llegar a la Tierra. La consecuencia era clara... el oxígeno se les iba a acabar antes. Así que de la primera expedición humana a Marte sólo regresarían cuatro cadáveres en una nave espacial.
Semanas de debates siguieron tras este descubrimiento, tanto en la Tierra como a bordo de la nave. Muchos posibles cursos de acción, y soluciones de emergencia fueron sometidos a debate en comités, reuniones o foros en televisión, pero la dura realidad de los datos hizo que las opciones fueron reduciéndose rápidamente. La única solución no quiso decirla nadie en voz alta, fue quedando la última en todas las listas,... porque era demasiado horrible para debatirla o para siquiera hablar de ella. Sin embargo, Dick fue lo bastante ¿valiente? ¿inconsciente? ¿héroe? para ofrecerse voluntario.
Dick se acordaba de todo aquello demasiado bien, había ocurrido hacía sólo unos días. Ahora ya era demasiado tarde ¿o no?. Encerrado en la claustrofóbica cápsula de transporte, sólo le quedaba aire para una hora. Siendo justos, pensó, era la mejor solución, la solución evidente. Si cuatro personas respirando no pueden llegar, que uno de ellos se presente voluntario para dejar de hacerlo... así los otros tres podrán sobrevivir.
Dick imaginó en su cabeza cómo serían las próximas horas. El y su cápsula se separarían de la nave principal, quedando a la deriva en el espacio. Dos horas después, en el momento calculado, los tres supervivientes programarían la nave para el nuevo rumbo, compensando la pérdida de masa por la cápsula,... aunque él ya no lo sabría, porque el aire se le habría acabado ya un rato antes. Sólo le quedaba el consuelo de que sabía que sus tres compañeros llegarían sanos y salvos a casa, que serían héroes, que sus vidas serían largas y plenas.
Perdió los nervios y lloró. Se llevó las manos a la cara, dio vueltas sobre sí mismo en el aire, como una peonza. ¿Cómo sería su vida, de haber salido todo bien? ¿Si los ingenieros que diseñaron la nave hubieran hecho sus malditos cálculos, hijos de puta, bastardos, cabrones...? Se dio cuenta de que estaba aullando él solo, sus gritos amortiguados por los bultos de la cápsula. Estaba perdiendo la razón. Se obligó a sí mismo a relajarse, a respirar hondo, a pensar en el bien que estaba haciendo, a pensar en las familias de sus tres compañeros... a pensar que su vida, su propia vida, había sido plena. A pensar de que él, él mismo, también sería un héroe. Pondrían su nombre a institutos de secundaria, a aviones, harían estatuas con su efigie, recordarían siempre su hazaña, su sacrificio.
Miró el panel de control, y los auriculares que flotaban en el aire frente a él. Tan sólo tendría que ponérselos y decir “adelante” y sus compañeros harían el resto: desenganchar la cápsula del resto de la nave, y alejarse con unos “toques” de cohetes. Así de sencillo es dejarse morir, pensó. Una palabrita y ya. ¿Y qué pasa, se preguntó, si la palabra que digo es otra? ¿Dejadme salir de aquí, cabrones? ¿Lo harían? ¿Merecería la pena ponerlo a prueba? ¿O sería ponerles en un compromiso demasiado doloroso? Ellos estaban al otro lado de la escotilla, ahí mismo, y ya se veían sanos y salvos. ¿Qué pasaría si ahora me echo atrás?
No, no puede ser, se dijo. Miró la hora. De repente le inundó una serena comprensión. Cerró los ojos de nuevo, y se concentró en las sensaciones. La gravedad cero, el zumbido eléctrico de los sistemas. La falta de zumbido de la ventilación. No le dio ninguna importancia. Pensó que todo iba a salir bien, que todo iba a ser fácil. En unos minutos se quedaría plácidamente dormido, y todo saldría bien. Y estaría haciendo feliz a mucha gente, sólo con eso.
Pensó en todo lo que le quedaba por hacer en su vida, y en todo lo que había logrado, mientras se ponía los auriculares y se ajustaba el micro.
“¿Chicos? Adelante” susurró.
La respuesta en forma de una leve sacudida de la cápsula. “Confirmada separación, delta-V de 1 metro por segundo...gracias, Dick. Gracias por todo” susurró la voz por los auriculares. No había más que añadir.
Dick sonrió y pensó que, después de todo, no había estado nada mal haber sido el primer hombre en pisar Marte. Pero que nada mal.
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Cerró los ojos y se concentró en sus sensaciones... (3)
El crítico cerró los ojos y se concentró en sus sensaciones. El suave vidrio se apoyó en sus labios y dejó pasar un pequeño sorbo de vino. Se dejo llevar por el delicado sabor del caldo: el chispeante sabor del alcohol dejaba entrever una cascada de diferentes y deliciosas esencias que, con su experiencia, supo identificar. Sonrió al recordar inmediatamente otros vinos similares que había probado en tantas otras situaciones: aquel restaurante en León, aquél otro en Lisboa, aquella noche en París con aquella colega de ¿cómo se llamaba el periódico? ¿Era del Corriere? No recordaba, pero sí recordaba la belleza de la periodista y, por supuesto, el delicioso gusto del vino de aquella velada. Se parecía a éste. Aunque éste era aún mejor, este tenía... ¿qué tenía? ¿se le habia escapado? Probó un sorbo algo más largo, se concentró en la masa de vino que cayó dentro de su boca. Cereza. ¿Cereza? Sí, era indiscutible, tenía una nota de cereza que encontró muy original, no la esperaba. Una sonrisa afloró a sus labios.
Dejó la copa con cuidado al lado del plato, y apuntó sus impresiones con breves palabras en su bloc. Se limpió cuidadosamente con su servilleta y atacó el pato asado con salsa de ciruelas y cebollitas, no sin antes echar un vistazo a su alrededor. El suave tintineo de los cubiertos de los comensales, las conversaciones a media voz, la penumbra del ambiente, los deliciosos olores que venían de su plato, le hacían sentirse en un lugar especial. Le encantaba su trabajo, pensó, mientras partía con el cuchillo la pechuguita de pato, cuya piel tostada dejó escapar un sonido crujiente. Se aseguró de empapar el trozo de tierna carne en la salsa, antes de saborearla cuidadosamente. De alguna forma, las cebollitas y las ciruelas hacían una combinación precisa e inesperada de sabores, que envolvían el suave sabor del pato.
El crítico supo, mientras masticaba con parsimonia el delicado bocado, que aquella combinación de sabores no sería del gusto de todo el mundo, que habría gente que encontraría la mezcla demasiado dulzona, demasiado artificial, y así lo apuntó en su bloc. El artículo que publicaría mañana para el dominical tenía que ser honesto, y contar a los lectores que, aunque el crítico estaba disfrutando horrores con el plato, habría mucha gente que quedaría decepcionada. Este restaurante, escribiría, te puede sorprender con nuevas y fascinantes sensaciones, pero sólo si eres ese tipo de comensal que se atreve con todo y no tiene miedo a probar nada. ¡Ojala todo el mundo fuera así!
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Cerró los ojos y se concentró en sus sensaciones... (2)
Diana cerró los ojos y se concentró en sus sensaciones. Las manos de su chico recorrían su espalda desnuda, y sus labios devoraban sus labios. Allí estaba ella, en el asiento trasero de su coche, con el chico de sus sueños, dejándose llevar por el deseo desatado y besando todo lo besable y abrazando todo lo abrazable. Después de mucho reparo, después de mucho haber soñado con ese momento, al fin él estaba bajo ella, y ella sentada sobre él, y nadie podía verles porque estaban en un descampado frente a un mirador, iluminados sus cuerpos desnudos por la luna llena.
Los dos estaban hambrientos de besos, como sólo puede estarlo una pareja de jóvenes enamorados, y sus manos acariciaban el cuerpo del otro como si de un precioso tesoro, delicado, frágil, se tratara. Ella agradecía ese trato, era lo que siempre había soñado para su “primera vez”.
Diana se acomodó más sobre su chico, sabiendo, y a la vez temiendo, lo que estaba a punto de suceder. Su sexo temblaba de excitación y calor y ella quiso pegarlo al cuerpo de su chico, disfrutando de las oleadas de placer que la recorrían sin saber muy bien por qué o cómo o de dónde salían. Abrió los ojos un momento para mirar los de su chico, y supo por su mirada que ya había tomado las precauciones necesarias, y él la miró y ella le miró a él. De repente notó a su chico bajo ella, notó cómo intentaba abrirse paso por un sitio inesperado... ¿inesperado? Bueno, inesperado no, el sitio habitual, pero…
Diana abrió la boca con sorpresa y detuvo en seco su movimiento. ¿Era esto? Sintió un miedo repentino. Algo grande se intentaba introducir en su interior... miró a su chico, algo desconcertada, algo asustada. Sensaciones contradictorias nublaron su mirada: ¿temor al dolor? ¿ganas de sentirlo? ¿esto es una mala idea? ¿le amo y quiero que sea con él? ¿estoy segura de esto? ¿me va a hacer daño, mucho daño? ¿realmente es tan grande o es solo mi imaginación?
La sonrisa de él la calmó un poco. “Tranquila” susurró, con esa boca tan perfecta y esos ojos tan... tan... su mente intentaba encontrar adjetivos, pero él repitió “tranquila” y la besó tan suavemente, tan tiernamente, que Diana se relajó y dejó que todo pasara. Cerró de nuevo los ojos y sintió como “aquello” se deslizaba dentro de ella, lentamente, pero más rápido de lo que ella habría deseado... no era una sensación desagradable del todo, pero... un torrente de preguntas, de sensaciones, de dudas, recorría la mente de Diana, hasta que cayó en la cuenta de que todo había sucedido ya, que estaba unida a su chico más de lo que lo había estado nunca, y ese pensamiento le hizo acercarse a él y fundirse en un beso sincero, de agradecimiento, de amor.
Y los dos, fundidos en uno solo, comenzaron a mecerse, a vibrar juntos, en un viaje sin retorno que les llevaría a las estrellas.
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Cerró los ojos y se concentró en sus sensaciones... (1)
Juan Carlos cerró los ojos y se concentró en sus sensaciones. El fuerte zumbido que oía a su alrededor, que le envolvía por completo, lejos de desagradarle aumentó aún más su alegría y excitación. Estaba tumbado en semioscuridad, y sabía que estaba rodeado de otras personas en su misma situación. Si entreabría los ojos un poco podía ver las señales luminosas en el techo que indicaban “cinturones” y “prohibido fumar”. El fuerte zumbido significaba que se hallaba a bordo de un avión, tumbado en un asiento de primera clase, mullido y cómodo, rumbo a su casa, a su hogar, intentando conciliar el sueño tras un día lleno de emociones.
Cruzó las manos sobre el pecho en un vano intento de relajarse. Era inútil: ahora lo que Juan Carlos deseaba era saltar de su asiento, ir a ver a los otros pasajeros, zarandearlos, reír a carcajadas como un demente y decirles: “por fin lo he conseguido”. Sí, amigos: Juan Carlos estaba exultante y eso le impedía dormir, estaba emocionado porque hace tan sólo unas pocas horas había logrado cerrar el contrato de su vida, varios folios grapados y firmados que ahora reposaban en el portamaletas sobre su cabeza, dentro de su maletín. Varios folios que significaban una nueva vida, un respeto nuevo dentro de su empresa, un aumento importante de sueldo, una nueva responsabilidad donde poder desarrollar su talento, sonrisas, éxito, satisfacción por todo lo logrado. Por eso era por lo que Juan Carlos no podía dormir, a 30.000 pies sobre el océano. Sólo sonreía como un tonto con los ojos cerrados, removiéndose en su asiento reclinable, saboreando cómo su vida daba un salto hacia delante, como sus sueños estaban más cerca.
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viernes, 18 de julio de 2008
Que va
No pudo ser... vamos, que mandaron ir a mi jefa mejor que a mí. Otra vez será...
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domingo, 13 de julio de 2008
A Portugal
Por un lado me hace ilusión que confíen en mí para ayudar a arrancar un nuevo proyecto por allá. Por otro lado me acojona el idioma (aunque lo entiendo bien), la gente nueva que no conozco (¿cómo me recibirán?), o darles lo que esperan de mí (¿qué esperan de mí? Aún no lo tengo del todo claro).
De momento, y por si acaso cae en viernes... ya me estoy preparando para hacer algo de turismo...
A ver qué tal se da. Continuar leyendo esta entrada...
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